Por cuatro “perras”

Por Tamara Morales Orozco

Parece mentira que se den situaciones como la que les mostramos en la siguiente historia

Fue a la entrevista de trabajo. Cinco horas, horario partido de lunes a viernes, el sábado dos horas por la mañana. Sueldo a ganar 600 euros, tiempo de prueba: dos meses. La recomendó una venezolana que estuvo antes limpiando el caserón. En la entrevista, Carmen preguntó por el tema del seguro y la futura empleadora le dijo que en período de prueba, no aseguraba; que lo vería más adelante.

3 DE10 MUJERES

Carmen sabía que en tiempo de prueba debía estar dada de alta como empleada de hogar, pero aceptó las condiciones del trabajo. Ella quería completar una jornada laboral de 40 horas semanales. Tenía que limpiar cocina, lavar baños, fregar suelos, hacer la cama de la señora; la del señor la hacía todos los días “Esther”, una chica que contrataron para cuidar al señor -quien sufre de alzheimer- por las noches de lunes a lunes. Esther, hace doce horas y media, sin descanso alguno.

Al verla tan ágil, la jefa de Carmen, le fue asignando más trabajo, como limpiar cristales por dentro y por fuera de la casa con el riesgo de caerse de un segunda planta, quitar cortinas, lavarlas y volverlas a colocar; limpiar la suciedad de los perros, lavar los platos de los perros, poner lavadoras diarias, tender la ropa y, quitar con cepillo y lejía (cloro) el verdín que se acumula fuera de las ventanas debido a la lluvia.

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Más de cinco veces al día, repetía el nombre de Carmena. No terminaba de hacer una cosa cuando le asignaba otros quehaceres. En la tercera semana de estar trabajando, Carmen decidió preguntar si le iban a asegurar, y la jefa contestó: “yo no aseguro, nunca tuve a nadie asegurada aquí”. Carmen dice haber reclamado “cualquier persona aún estando en período de prueba tiene ese derecho”. A lo que la señora le argumentó que si le resultaba muy caro, no lo haría o, que lo pagaran a medias.

Pasado unos días, el hijo mayor se acercó a “conversar”. Le explicó que le iban a dar de alta pero hasta el mes siguiente porque el mes en curso “ni hablar”, recuerda Csrmen. Ella le exhortó que necesitaba cotizar por las horas trabajadas. P

Con prepotencia, el hijo “Mario”, le vociferó “lo que tu necesites no me interesa”. Indignada, Carmen le dijo que no iba a continuar, que acabaría el mes y se iba.

Al enterarse la señora, furiosa y con aires de superioridad, le manifestó que había incumplido con lo acordado en la entrevista. Que no se dejaba un trabajo de un día para otro. Como si ella cumplía con sus obligaciones, ¿no?

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Finalizado el mes, la señora le pagó; pero antes de irse le deseó “buena suerte” y le dejó ir una retahíla de verborrea como “que te vaya bien. Trabajaste bien pero yo sé que va a venir otra persona en tu lugar, y estoy segura que por cuatro ‘perras’ la gente acepta los trabajos”. Carmen muy tranquila, dijo que prefería quedarse en su casa a estar aguantando a una mujer exploradora. Se imaginan la cara de la señora, ¡plop!

Esta historia se refleja cómo se violentan los derechos de las trabajadoras en el servicio doméstico. Pudo mucho más el orgullo de Carmen que un salario indigno, cuatro euros la hora. Cuántas Carmenes y Estheres aguantan el maltrato y vejaciones de sus empleadores/as para poder ganarse un salario, sobrevivir en el país de origen y enviar dinero a sus familias? 

Esther continúa en esa casa, asegura que a la mínima que encuentre otro empleo, no lo piensa dos veces.

Foto destacada: http://www.clarin.com
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