Hijas del mundo

Foto: cortesía
Foto: cortesía

Por Mirna Velásquez S.

Así como la música me estremece y me colma en un día incoherente -como ayer-, Claudia y Helena, aún estando lejos me tocan una fibra, un nervio. Es un ‘algo’ que me llega en forma de ternura, alegría, desparpajo, inquietud, amor, a través de mi móvil y tan solo un instante después de verlas en fotografías, escucharlas, leerlas.

Son hermanas, viven en Suiza, pero el mapa del mundo es su punto de referencia. Su vida transcurre entre Brasil, Nicaragua, Suiza, España, Alemania y escarbando más en sus orígenes me encontré con Chile, Perú y Kosovo. Son dos niñas de 13 y 10 años tan perfectamente acostumbradas a la fusión cultural, a vivir entre la diferencia, que no conciben la vida de otra manera.

Claudia nació en Pristina, “en el Kosovo de la post-guerra, en un ambiente intenso, interesante y extremadamente multicultural”. Y Helena llegó al mundo unos años después entre tradiciones andinas y la maravillosa naturaleza del Perú, me cuenta su madre, Iara Vega-Linhares, que también tiene un largo recorrido cultural desde su nacimiento, en Chile.

Iara es periodista, fotógrafa y diseñadora gráfica, de padre brasileño y madre nicaragüense. Y Robert, el padre de las niñas, es suizo, de madre española y padre alemán. ¿Me siguen?, llevamos unos ocho países transversales en la vida de esta familia habituada a traspasar fronteras por distintos motivos.

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Iara con sus hijas Claudia y Helena. Muy suizas pero también muy latinas. La solidaridad, el orden, vivir en sociedad, la puntualidad, el respeto al otro, son parte de los valores muy marcados en la sociedad suiza y heredados por Claudia y Helena. También aman la música latina, se la pasan cantando y bailando con el espíritu en modo alegre. Foto: Cortesía

Antes de esta entrevista imaginaba lo complejo que debe ser para ellas vivir y desenvolverse entre tantas etnias, idiomas, creencias religiosas, sobre todo porque Suiza es un país con cuatro culturas y cuatro idiomas oficiales. Claudia y Helena, pasan del español al francés en el giro de un segundo, aprenden alemán en la escuela y portugués en familia. El inglés se les da muy bien.

“Su padre les habla en francés. Yo les he hablado siempre español y también les he cantado en portugués para transmitirles mi segundo idioma sutilmente. Ellas dominan el español a la perfección pues regresamos a Nicaragua una vez al año desde que nacieron y sus abuelos las visitan de vez en cuando. El portugués del ‘Vovó’ (su abuelo brasileño) lo comprenden muy bien y lo ‘machacan’ bien bonito”, cuenta su mami.

Las distancias las acortan con los medios que tienen al alcance, así que se comunican  con sus abuelos por Whastapp y se ven y hablan con vídeo llamadas. “Su lado brasileiro lo manifiestan en los mundiales de fútbol, al igual que el español. ¡Qué oportunas que son! jajajaja. También les gusta tener una abuela española y un abuelo alemán. Les da una sensación de ciudadanas del mundo, así siento que lo manifiestan con orgullo”, continúa Iara.

La realidad es que la misma naturaleza les ha ido marcando el camino. “Nada forzado o premeditado”, dice Iara. “Creo que esas cinco semanas anuales rodeadas de familia, afectos y la cultura local, -que en realidad en nuestra casa también es brasileira-, les ha permitido a ellas solas crear su consciente cultural”, apunta.

“Son de una generación de niños suizos que está ampliamente confrontada a la multiculturalidad y a los idiomas. En las clases de Claudia y Helena, una gran cantidad de niños son de origen inmigrante, de segunda generación la mayoría, pero también llegados recientemente. Nuestra ciudad es una ciudad obrera, de mucha industria, y atrae la mano de obra sobre todo de los países vecinos de Europa. Muchos son italianos, desde hace cuatro generaciones, portugueses, franceses, alemanes. Hoy la emigración se ha ampliado a los demás continentes, sobre todo desde la guerra en los Balcanes, muchos kosovares se instalaron en Suiza. El albanés ha pasado a ser la cuarta lengua más hablada del país, detrás del italiano. Eso las hace sentirse parte de un todo. Ellas no se sienten especialmente diferentes de sus compañeros y amistades”, puntualiza Iara en una conversación que discurre entre mails, chats y mensajes de voz.

Me gusta esa manera tan espontánea y natural de la que habla Iara. Es integrarse plenamente adonde quiera que van, es aprender el o los idiomas que sean necesarios y es apreciar tanto la globalidad como la ciudad donde viven, el barrio, la comunidad, la casa, el rinconcito de su habitación. “Existe un sentimiento de ser de todas partes pero de ninguna a la vez. Terminas escogiendo tu propio rincón en el mundo, tu propia identidad”.

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