¡Vaya santa semana!

Por Mirna Velásquez S.

Es Semana Santa. El sol pega sin piedad en las calles de tierra del pueblo. En cada esquina de la calle principal, pende del poste de la luminaria pública, una cruz de madera enflorada, esperando la procesión que revive cada año la muerte de Jesucristo.

Viernes santo. El aire es caliente y sofocante. De la iglesia se ve salir gente con vestidos de todos los colores, viejitas con sus chalinas, mamás agarrando a sus hijos de la mano, viejitos, jóvenes empapados de sudor. Cada uno está atento a la celebración religiosa, la más vista, esperada y admirada por el pueblo. Y con razón. El drama de la muerte de Cristo era representado de una forma tan magnífica, tan real, que las mujeres sufrían vahídos, los niños lloraban al ver a Cristo azotado, ensangrentado, cayendo y levantándose y quienes hacían penitencia cada año, dejaban de rezar para ver maravillados y a la vez con sufrimiento aquella tragedia.

semana santa

Durante todo el año los actores y actrices de la Iglesia del pueblo ensayaban y repasaban una y mil veces ese episodio de la Biblia: la pasión y muerte de Jesucristo. Los papeles ya estaban consagrados para el mejor elenco del pueblo, y eran seleccionados con gran esmero por el Padre Juan, un chele gringo que hacía años dirigía la parroquia. Chepito Alaniz era Jesús. La gente estaba contenta con él por su gran parecido físico; su delgadez que pronunciaba las costillas, sus ojos claros, su piel blanca. La peluca castaña y larga le hacía parecer al verdadero Jesucristo en persona.

Don Tino era el soldado que más encarnaba el papel. Pasaba de ser el Delegado de la Palabra al soldado de rostro duro, fuerte, malhumorado. En la mano llevaba un chilillo o látigo de cuero que él mismo había confeccionado para darle más realismo a las escenas. Pancho, el vendedor de tamales que a diario asustaba con su vocerrón anunciando en las calles, estaba encomendado para hacer el papel de Barrabás y Pablón Gutiérrez, era el soldado de bigotes enroscados que se movía de un lado a otro en su gran caballo blanco, hermoso y de andar elegante.

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Primera estación. Jesús cae por primera vez. Don Tino, bien metido en su papel le deja ir un riendazo a la espalda desnuda de Jesús, seguido de un “¡levántate!”. A Chepito le ardió tanto aquel cuerazo que, se levantó y, con cara de arrecho aventó la enorme cruz de madera que justo cayó en los pies de Don Simeón, otro de los actores. Pero Don Simeón, de tanto sol recibido, era un fósforo encendido y le respondió con una retahíla de golpes. El padre Juan, con su modo calmado, tuvo que intervenir en la escena para separarlos. En vista de la enemistad que se produjo entre ambos, el padre tomó la decisión de retirar del espectáculo teatral a Don Simeón, ya que era más fácil proseguir el acto sin el soldado que sin Jesús.

― ¡¿Para qué se mete a cosas de hombres este maricón?! – se le escuchó decir a don Simeón, bien enojado, cuando abandonaba el acto.
Durante el resto de estaciones el vía crucis continuó como estaba previsto. Después de la gran asoleada y azotadas que le habían metido a Chepito, faltaba solo la crucifixión; escena que se desarrollaba en el tope de la cuesta de la Adilia, famosa por el pan dulce que horneaba. En la propia entrada de la casa, ahí, había un gran hueco en la tierra esperando el momento culminante. Ahí era donde se enterraba la cruz con todo y Jesucristo atado de manos y pies.
Pero ese no era el día de Chepito. Nadie se percató. Aquel hoyo no tenía la profundidad para soportar semejante peso y en el mismo instante en que sembraron la cruz, el tiempo se ralentizó y, Chepito caía con la cara contra el suelo. Sólo se escuchó un estruendoso y sonoro:
― Agáaarrenme hijuep…

No le dio ni tiempo de terminar la frase. Entre el tumulto de gente sólo se le vio escupir la tierra que tragó cuando se vino abajo con todo y cruz.

Al año siguiente, Pancho se levantó temprano para ir a vender tamales, Pablón peinó su caballo y salió a pasear, don Tino usó el látigo para asustar a los perros y Chepito fue muy devoto a la procesión que desde entonces se realiza con la inerte imagen de Jesús en yeso.

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